La Mejor Versión de Uno Mismo: Más Allá del Éxito Material

A menudo, cuando pensamos en nuestra mejor versión, la imagen que nos viene a la mente es la del éxito material: un automóvil brillante, una casa majestuosa, y una cuenta bancaria abultada. Añadimos a ello la sonrisa constante y la alegría de vivir, pensando que eso es todo. Sin embargo, a lo largo de este reto, comprendí que la auténtica mejor versión de mí no se encontraba en esos lujos tangibles, sino en algo mucho más profundo y real.

La mejor versión de mí, de Nelson, es aquella donde mi corazón está libre de mentiras, donde trabajo diariamente hacia la libertad financiera, donde cuido de mi salud, mi cuerpo y mi mente. Es en ese punto de constancia placentera, donde cada día suma hacia un objetivo más grande sin parecer un esfuerzo abrumador. Es en esos días donde los desafíos que se presentan no me aplastan, sino que me dan la oportunidad de superarlos con autoafirmaciones diarias como «Tomo buenas decisiones» y «en la situación en que esté sabré resolverlo». Hasta que mi inconsciente lo creyó.

En aquellos días, entre el 80 y el 100, me miré al espejo y me dije: «Nelson es una persona confiable, él es disciplinado». En ese momento, sentí que había alcanzado mi mejor versión. Sabía que, con esa mentalidad y ese enfoque, mis objetivos no eran sino una mera cuestión de tiempo.

La vida es un viaje impredecible, repleto de altibajos. A 340 días de ese punto de autodescubrimiento, el camino me lanzó a un vórtice de recaídas, desilusiones amorosas y un encuentro temerario con la muerte tras una sobredosis. Esos momentos oscuros, en los que la noche parecía interminable, pusieron a prueba mi resiliencia y determinación.

Pero, después de una noche oscura, siempre viene un amanecer. Aquí me encuentro, 35 días sobrio, sintiendo una vez más esa sensación de haber alcanzado mi mejor versión. No porque haya alcanzado la perfección, ni porque los desafíos hayan desaparecido. Pero, en este momento, sé con certeza que poseo las herramientas y la voluntad para continuar mi viaje.

Quizás lo más revelador de todo es la comprensión de que nuestra mejor versión no es un destino fijo, sino un estado de ser que podemos alcanzar, perder y, lo más importante, redescubrir. Aunque me desvié, la base que establecí durante esos primeros 100 días fue el salvavidas al que me aferré. Esos 100 días no solo fueron una fase de autodescubrimiento, sino también la brújula que me mostró de lo que soy capaz.

Me he encontrado en los lugares más bajos, atrapado en una red de drogas, rodeado de relaciones vacías y peligrosas. En esos momentos, a pesar de la oscuridad que me envolvía, anhelaba reencontrarme con esa mejor versión de mí. Porque ya la había vivido, ya sabía cómo se sentía. Esa chispa, ese conocimiento interno, se convirtió en mi guía y en mi esperanza.

En la adversidad, descubrí una verdad poderosa: no importa cuantas veces caigamos, siempre hay una oportunidad para levantarnos, y la capacidad de volver a encontrar nuestra mejor versión reside en cada uno de nosotros.

La mejor versión de uno mismo no se trata de llegar al destino final, sino del proceso de transformación. No se trata de tenerlo todo, sino de ser valiente, disciplinado, amarse y respetar a los demás. No tengo el coche que deseo, ni una casa propia, pero he logrado establecer múltiples fuentes de ingreso y negocios en proceso.

Algunos podrían decir que no he completado el reto de 365 días, pero yo digo que sí. No en términos de días, sino en términos de autodescubrimiento. Conocí a un Nelson sobrio, confiable, amoroso, respetuoso y, sobre todo, disciplinado. Meditar, autoafirmar y confiar en mí mismo, incluso en los momentos más oscuros, ha sido el cimiento de mi transformación.

Y si me preguntas si valió la pena, la respuesta es sí. Porque descubrí que mi mejor versión no se mide por lo que tengo, sino por quién soy.

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